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El libro del bebé

Cuando una mujer sabe que va a ser mamá por primera vez, quiere que su hijo tenga todo, que nada le falta. Y, entonces, se le ocurre comprar tantas boludeces cosas que no tienen demasiado sentido. ¿No pasó? No me digas que no. Siempre digo que, si tuviera más dinero, sería una compradora compulsiva, pero la limitación de mi sueldo y el vivir en un país con historia hiperinflacionario me lo impide.
Aun así, para mi primer hijo lo quería todo. Dos cochecitos, uno de paseo y un paraguitas, y la mochila de porteo, claro, (la que nunca utilicé por fracasar totalmente en la elección, es que por aquellos tiempos no estaba a este mundo de la , maternidad 2.0). Cuna y catre, y un cuarto redecorado especialmente para su llegada, con todo (absolutamente todo) de Winie Pooh. Hasta el termómetro para el agua me compre, el que, por cierto, nunca usé. Uf, si tuviera que hacer una lista de las cosas que compre al dope.

Con el tiempo te das cuenta de que, al menos en principio, con un catre o moisés basta. O quizás, no haga falta nada, porque lo más seguro es que el nuevo integrante de la familia termine compartiendo el lecho nupsial. Y aunque no sea así porque tenés miedo de aplastarlo durante la noche, seguramente la cuna o catre termine al lado de su cama, y el cuarto, que tanto te costo y quedó tan bonito, lo termine usando al año, o a los dos (o a los 4 como mi hijo mayor).

Y así, hay muchas otras cosas.


Pero una de las cosas que más me pregunto para que carajo compre en que estaba pensando, es el viejo y querido “libro del bebé”. Lo conocés ¿verdad? Hablo de ese libro que cuenta lo primeros años de vida del niño como un cuentito y combina historias con fotos. Una, al principio, se piensa que, cada vez que el bebé haga alguna gracia nueva vas a ir corriendo a buscar el libro para escribir los detalles. Pero la realidad es que el librito queda archivado en un cajón hasta que un día, cuando el pibe está por empezar el jardín, te das cuenta de que nunca completaste una sola hoja. Eso me pasó con el segundo. Si, tropecé dos veces con la misma piedra, y volví a comprar el dichoso libro para el segundo. Claro, si el primero lo tiene, al segundo no le puede faltar.

Pero quizas o te haya pasado. Con el primero, al meenos, llegue a completar a tiempo los primeros días. Sin embargo, el resto fue hacer memoria varios meses  después e inventar fechas. Y, además, las huellas de pies y manos, pasaron a ser “de recién nacido” y “al mes”, a: “al mes” y “al año”, y nunca pude encontrar la pulserita que usó en el sanatorio en el que nació, creo que simplemente se esfumó por arte de magia. Además de que, el mechón de cabello del primer cambio de look, en realidad es un mechón de pelo de cuando tenía como 2 años, pero bueno, eso nadie lo va a notar.
Al fin y al cabo ¿alguien va a notar el bendito álbum/libro? Si, al final, va a terminar olvidado en el fondo de algún cajón, llenándose de polvo, (como de hecho lo ha estado los últimos dos años, hasta el día en que recordé que, en algún momento debía terminarlo). O no. Quizás sea un lindo recuerdo y, algún día, mis hijos disfrutarán de verlo o de enseñarlo a sus hijos.

Quien sabe. Lo único que sé es los álbumes están ahí y, la verdad, no quiero que queden vacíos…

2 comentarios sobre “El libro del bebé

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